Destinatario

Estas son sólo notas de olvido, recibos injustificados, cartas de silencio y telegramas melancólicos que una mujer de vena negra escribió.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Cuando llegue el tiempo...



Te dí mi juventud y mi soledad,
abriste mi cuerpo y mi sonrisa,
sentí abiertamente tu brevedad
 el año que se esfuma deprisa.

Año que vistes de barba gris,
que alejas al amigo fiel,
que desapareces todo mi ser
y que transformas mi país.

Que vistes de octubre la hojarasca
y cubres de blanco los tejados,
que rompes distancias en mi casa
y te vas despacio a lo desolado.

Año que te olvido, año que te vas
mientras otro nuevo ocupa tu lugar,
cambio tus meses y tus horas por nada
por lo que el tiempo se lleva y tu te acabas.

Que triste se te olvida año viejo,
sin piedad el umbrío destino te borra,
te despides mientras llega tu relevo
trajiste bien y mala aventurada brisa.

Eras fuego de amor y dolor de guerra,
infantil abril y la fiebre de febrero,
ya cosecha raíces de la dulce tierra,
que por anís ya te hace su entierro.

Eras recuerdos del primer amanecer
y ahora duermo esperando el día,
el año se acaba con sol y su timidez,
 y las semanas me dejan su huella hendida. 

Año que te vas para olvidar,
año que vuelves hasta cero,
alzo las manos por esa dicha
de querer empezar de nuevo.





lunes, 26 de diciembre de 2011

sábado, 24 de diciembre de 2011

Mi calor...


En la puerta de mi solitaria alma
donde con esmero te dejo entrar,
aire de calor despide, luces de calma da,
esta mi morada,  este mi hogar.

Enciendo la alegría de tenerte,
el cencerro repica el amor,
la mirra de tus ojos el verme,
el dorado de tus labios con calor.

Mi calor es recibirte sin miedo,
el frío que me cubría hasta hoy,
se despide con un ¨hasta luego¨
si el muérdago cuelgo yo.

A dulce atole me saben tus labios,
la palabra dicha es una esfera colgando
desde un árbol donde construimos
sueños que se iban subrayando.

En la carta que al señor de rojo le escribí,
no le pedí regalo material, ni labial carmín
lo que yo con deseo más profundo pedí
fue que tu estuvieras junto a mí.

viernes, 23 de diciembre de 2011

Cansada


Cansada de encontrar en la vida
un zapato roto y la ausencia misma,
Cansada de todo lo que buscaba,
cansada de todo lo que no quería.

Vaciada de energía y de amor,
mi vida ya se encuentra casi muerta
mientras me lleno con un gran dolor,
y ninguna decisión me toma en cuenta.

Bien dicen que no se muere de amor
pero ¡ah como se enferma de pena!
esta alma que sufre de una tristeza
que no puede vivir sin decir adiós.

Estoy cansada de llorar y de reír,
no siento ganas de dormir ni pensar,
no poseo las fuerzas de existir o continuar
como tampoco siento sin estar junto a ti.

Estoy cansada del vacío de mis manos,
del desconsuelo que duerme en mi cama,
de todo el tiempo que escapa por mi ventana,
de todas las piedras que rompen mis huesos.

Cansada de arreglar y buscar entre cenizas,
y cansada de perder la batalla, ganar una herida,
sin poder despertar y sin poder dormir,
me siento cansada por completo de ti.

No es que muera de amor...

No es que muera de amor escrito por Jaime Sabines, a quien he estado leyendo últimamente desde que vi una compilación de sus poemas en mi librero y su foto donde su imagen es en blanco y negro, totalmente austero y ya entrado en años con esos lentes grandes que me recuerdan un siglo pasado y bohemio; lleva puesto una camisa blanca de algodón y abierta por el cuello, en su brazo izquierdo cuelga un reloj con carátula circular y en la extensión final de su mano un cigarro medio consumido, mientras en su mano izquierda lleva puesto un anillo. A media cintura ciñe un cinturón un pantalón gris y en su rostro finalmente culmina una expresión seria y desgastada. El libro se llama Recogiendo poemas con un prólogo de Carlos Monsivais el cual fue mucho de mi agrado leer. Así pues los dejo con este poema cuyo ritmo y musicalidad me fascino hasta la ultima palabra.



No es que muera de amor...

No es que muera de amor, muero de ti.
Muero de ti, amor, de amor de ti,
de urgencia mía de mi piel de ti,
de mi alma, de ti y de mi boca
y del insoportable que yo soy sin ti.

Muero de ti y de mi, muero de ambos,
de nosotros, de ese,
desgarrado, partido,
me muero, te muero, lo morimos.

Morimos en mi cuarto en que estoy solo,
en mi cama en que faltas,
en la calle donde mi brazo va vacío,
en el cine y los parques, los tranvías,
los lugares donde mi hombro
acostumbra tu cabeza
y mi mano tu mano
y todo yo te sé como yo mismo.

Morimos en el sitio que le he prestado al aire
para que estés fuera de mí,
y en el lugar en que el aire se acaba
cuando te echo mi piel encima
y nos conocemos en nosotros,
separados del mundo, dichosa, penetrada,
y cierto , interminable.

Morimos, lo sabemos, lo ignoran, nos morimos
entre los dos, ahora, separados,
del uno al otro, diariamente,
cayéndonos en múltiples estatuas,
en gestos que no vemos,
en nuestras manos que nos necesitan.

Nos morimos, amor, muero en tu vientre
que no muerdo ni beso,
en tus muslos dulcísimos y vivos,
en tu carne sin fin, muero de máscaras,
de triángulos oscuros e incesantes.
Muero de mi cuerpo y de tu cuerpo,
de nuestra muerte ,amor, muero, morimos.
En el pozo de amor a todas horas,
inconsolable, a gritos,
dentro de mi, quiero decir, te llamo,
te llaman los que nacen, los que vienen
de atrás, de ti, los que a ti llegan.
Nos morimos, amor, y nada hacemos
sino morirnos más, hora tras hora,
y escribirnos y hablarnos y morirnos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Capturando vapores...


Ya no son las calendas de un mes que sabía a sobria y llana simpleza, si no la sutil belleza que desprenden los aromas del invierno vertiendo sobre mí nostalgias cubiertas de otoño y tristezas abstractas de la frialdad con que se baten los meses; hoy me jacto de sonreír de nuevo, no escribo sobre ello porque mis pensamientos se han ocupado de fiebres que retornan, de fantasmas que dejan de ser sombras y se vuelven cuerpos táctiles. Por eso me detengo pensando hoy en ti, de alguna manera el hecho de que este lloviendo y afuera de mi techo caigan como balas tentadas a desbaratar mis sueños las gotas impasibles precipitándose, me hacen pensar en ti solo por que el sonido me hace sentir lo mismo cuando me ves. El hecho de sentir el aluvión de tus besos cayendo como plumas con los leves roces y los misteriosos deseos, son plumas pero lo cierto es que como pelotón de ataque, disparan atravesando líneas enemigas para encender la pólvora del tiempo que se nos fue de las manos como se nos van los días en el calendario y el viento de las manos.

Se han rebasado las fronteras de un abismo que un Fausto ha abierto entre tú y yo, y en ese momento lo que parecía un tormento tempestivo y malsano, hoy parece sustituido por una calma sin nombre, no sé si la calma como la de la sala de un velatorio o la calma de la apacible tarde en que nos vimos. Ese miedo primordial me hace voltear hacia una caja atolondrada que se oculta en la esquina de un armario, una caja con contenidos que solo los biógrafos más experimentados podrían ordenar en un tiempo más lineal y no tan desordenado como yo lo he hecho. Ese miedo fatigante me hace sentir esa sensación vacía entre mis manos y mi pecho, no importa cuánto lo presione, sigue existiendo la misma sensación. Pero de repente lo que parecía entrañable se vuelve algo más, porque nadie mejor que tú supo unir dos tiempos: un pasado que no sabía predecir un futuro y un presente que sigue abrumado pero no del pasado, si no de la próxima hora. Hora tras hora que se ha escapado solo de aquellas noches en que caminar por la casa suele descubrir entre nosotros sentimientos más arcaicos y profundos que otros.

Por eso, después de despojarme de las sabanas, en plena humedad del piso de Danubo, tomo unas pantuflas gastadas y arrastro los pies hacia la sala, bajo los escalones de una madera cuyo nombre no recuerdo, mientras con las manos voy palpando las frías paredes hasta dar con el interruptor. Después de encender la cafetera, ningún otro ruido se escucha en esta casa, solo ese burbujeo del agua hirviendo y creo que muy por afuera la lluvia que sigue cayendo. Me siento en el sofá, y solo no puedo dejar de pensar en tu mirada, no importa cuánto nos consumiera el tiempo, las alegrías o las tristezas – más las tristezas – porque cuando nuestras miradas se encontraron fue tan solo un devenir incontenible, una emoción tan apasionada que no me impedía reírme como nunca, ni me dejaba estar quieta con mis piernas cruzándose y descruzándose. Esa mirada sigue estando en ti, llana, seria, sorprendida y atenta a todo lo que saliera de mis labios… atenta a mis labios. Después de tanto tiempo seguías empapado casi diría alcoholizado en esa colonia que siempre me recordará a ti, tú seguías pareciendo un hombre membrudo pero dulce y yo, frágil y fácil de ceñir porque no era posible evitar ser rodeada por tus brazos. Y como si fueran dos imanes que no pudieran cambiar su dirección nuestros ojos se encontraban, yo veía tus ojos como dos perlas de un Caribe negro escondido en un llano que ardía en llamas, eso siempre me hacías pensar, veía esos ojos rodar desde mis ojos a mi boca y como si fuera una reacción inmediata se reflejaba en tus cuencas las arrugas de una alegría desprendida por la bocanada de palabras que no se decían con la voz, seguido reías nervioso, inquieto, ni siquiera sabía si lo hacías instintivamente sin poder evitarlo o era algo que te gustaba hacer a tu antojo, pero me gustaba.

Poco a poco mis manos te redescubrieron, desde esos amplios pómulos, hasta las curvas de tu sonrisa; sospecho que por eso decían que un ¨te amo¨ solo entre paréntesis se decía. Tus pómulos solo fueron terreno fértil de alegría, de quebrantos, y tierra donde sembraba yo mis besos.

Ahora mismo no sabría decir si el calor que siento internamente es producto de la taza que sostengo o de los recuerdos que siguen abalanzándose sobre mí, pero creo que es fácil predecirlo. Mis besos que siempre han ido corriente arriba desde tus labios al cielo, o que corren horizontalmente humedeciendo alguna esquina escondida entre tu barba, o haciendo chasquidos romanceros en el eco de tus oídos y de ahí caían como el agua en cascada por la extensión de piel de tu cuello. Ahí fue cuando pensé en mis labios como agua y los tuyos como fuego, uno tan inmenso que carcomía todo convirtiendo mis labios en vapor. Todo parecía carbonizarse, desde las ideas en mi frente, en los despojados respiros de la punta de mi nariz, mis labios y finalmente mi grácil cuello. En ese ardid de pasión es fácil perder la visión, la idea, el juicio o el entendimiento, nos es imposible a los dos. Ambos tan extraviados en las montañas de la Tierra de Fuego o en la dureza del risco donde nos lanzamos, esto es agua y fuego, tierra y letras pétreas en un tiempo que nos es aún indefinible. Y como si quisiera hacer un movimiento con mis dedos toco la maraña de ideas que se han formado en tu pelo, no sé porque pienso que eras más un Sol Movimiento, porque parecía siempre que llevabas un terremoto en tu cabeza. 

Aquí sentada en el sofá de la sala que nos vio sonreír en algún tiempo te escribo en las servilletas, en los granos de café, pinto imágenes de la alegría que refleja pensarte de nuevo.


domingo, 18 de diciembre de 2011

Extremista por excelencia...


Así me describiría... una extremista por excelencia, pocas veces me he sentido en un terreno gris; muchas personas han estado hablando conmigo, hace poco sentí haber perdido el gusto por escribir, cuando uno suele sentirse afligido siempre toma extremos, pero hoy ya dueña de mis emociones pues estoy de acuerdo con lo que me han dicho, que el hecho de que alguien te haga sufrir no debe impedir que tu hagas lo que te gusta, lo que haces bien; muchos comentarios me animaron a no seguir con la idea de cerrar este blog, posiblemente continúe escribiendo. Aún quedan muchas ideas por ordenar y desordenar en mi cabeza, y creo que tengo razones mucho más importantes y fuertes para continuar siendo como hasta ahora he sido, para continuar trayéndoles un nuevo poema a saborear o una nueva historia que puedan pintarse en la turbidez de unos vidrios que miran hacia este sitio. La vida es demasiado complicada pero de alguna manera descubro que dentro de todo siguen siendo las mismas leyes esenciales y vitales. Cuando algo concluye no siempre es malo a veces es la dura señal para que te des cuenta que siempre hay algo que sea más bueno o sea mejor; absolutamente nadie que se haya subido a una bici ha salido ileso, desde frenar y caer, chocar, y rasparse, hasta que al final del día uno sabe pedalear, esquivar y derrapar. 

Hace poco hablé con  una amiga, me preguntó que por qué era bonita la tristeza, sé que el sentimiento no es nada grato pero lo cierto es que la tristeza tiene el único lado bueno que la felicidad no, y es que te enseña lecciones que ni ilusionado ni alegre aprenderías, de las cosas tristes aprendemos más rápido que de las buenas. 

Muchos me describirían como una persona fuerte y de verdad lo creo, nadie se fortalece teniendo fortuna en su vida, nadie descubre como debe ser una relación entre familia, amigos y el amor si primero no comete errores. Lo más sublime es cuando después de que crees que todo se ha venido abajo, surge algo o alguien que transforma de nuevo el mundo que vivías. 

Lo más importante se descubre cuando después de todas las alegrías y todas las penas, empiezas a dejar el egoísmo con que ves tus problemas o tus triunfos y te das cuenta que debes dejar la vida seguir el rumbo de las cosas. Un amigo me enseñó que las cosas en nuestra vida no deben tener posesión, en especial el amor. Las cosas son tan frágiles y temporales como nosotros y no siempre sentiremos que valen la pena, pero lo valen. Cuando uno hace al lado sus problemas es capaz de abrirse hacia los demás y hacia lo que sucede a su alrededor, es más fácil comprender un mundo que estudiamos a fondo y del que aprendemos. Es lo mismo con el amor, es difícil terminar o ser terminado porque volvemos al amor egoísta, lo volvemos algo que fue nuestro y se fue, en vez de pensar que era algo que estaba en nosotros como en los demás y no se puede quedar o ir, solo estar. 

Quiero continuar escribiendo, eso es seguro, haré todo lo que me guste hacer porque todo es temporal y no todos somos capaces de apreciar las cosas. Yo por ejemplo aprecio la belleza que tiene la lectura, hay libros que pueden sumergirnos y podemos experimentar e incluso logramos capturar cosas que se quedan con nosotros toda la vida. El primer libro que leí fue casi un destino, un mamotreto para mi edad de hojas amarillas con algunas pinturas de escritores, ese libro era una gran antología de poesía, obras teatrales y algunos extractos de historias. Ese fue mi primer acercamiento a la poesía. El segundo libro no fue nada menos, los autores eran británicos y era sobre un misterio escondido en los versos de la historia contada por un amor imposible y transfigurado por años, la historia de la duende de agua Nimue cuyo deseo por salvar a su amado terminó destruyendo al demonio pero también los transformó a ellos en una gran gruta y el agua salada. El misterio suponía la liberación de estas dos formas y el reto solo estaba hecho para mentes sagaces y abiertas. La leyenda decía que si te colocabas en el fondo de la gruta escuchabas entre el oleaje y la gran muralla de piedra las voces de ambos amantes hablando sobre el tiempo y su amor. Suena muy romántico. Pero con ese libro aprendí a los 10 años lo que significaba sisear, bruñido, derruido, aluvión, miríada, entre otras palabras. Por esta razón pretendo seguir con esto que me apasiona tanto.

Con este lado optimista despido mi entrada de regreso (:

Nuevamente gracias a todos por su apoyo.

Abrazos.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Te amo o te odio


 O te amo o te odio pero no puedo dejar de hacer ninguna de las dos... impedir que haga lo uno o lo otro es como impedir que se muevan las nubes, o que las aguas toquen la arena, o te amo o te odio, pero no dejaré de hacer ninguna de las dos...

Me sabes



Me sabes al ocaso contemplativo
que sustrae de mi cada recuerdo,
que da miradas de amor al infinito,
que mira con amor las pisadas del tiempo.

Me llena el frío en el momento,
incauta se me escapan los suspiros,
el dolor es un profundo recuerdo
de tus ojos sobre los míos.

Me saben a hielo las despedidas,
me queman por dentro con delirio,
exhumar el cadáver de tormentos,
levantar el muerto de sus respiros.

El calor del aire sobre mi cuello,
el toque de sus manos sobre mis labios,
su sonrisa abriéndose por completo,
un beso sobre cada uno de mis recovecos.

Me sabe lóbrego el licor de su ausencia
me sabe a sal las lagrimas que corrieron,
me sabe esperanzada por su presencia
un amor que se construyó de lejos...


domingo, 11 de diciembre de 2011

Y si duele


Te he visto en mi lugar
te he visto a mares llorar
pero haciendo de ti un invento

Y si duele no tenerte 
y si duele tener que dejarte
abandonarte por completo

Siento miedo, algo inmenso
algo que me presiona lenta
y me pierdo por momentos

Y si duele no tenerte
no poder abrazarte
o estar aquí contigo

Tu tiempo es muy corto
y yo viajo a cada oportunidad
me voy muy lejos

Y si duele que no vuelva
duele mucho y me consterna
que no me eches de menos...

Sin palabras para no tener que escuchar tu voz...



¨Tú me decías carita linda cuando dormía en tu cama... mejor no digas nada, las balas no hieren a los fantasmas¨

sábado, 10 de diciembre de 2011

Rayuela cap.7 - a la voz de Míkel F. Deltoya

A continuación a la voz de un colega en letras, Míkel F. Deltoya, el siguiente vídeo que me ha agradado en demasía... escúchenlo... :D



¨Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja. Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.¨


Y este fue mi comentario:

¨estremecedor es la palabra apta
todo lo que va narrando perfectamente imaginable, representable y transmisible
andaba inspiradon...


Le salió muy bien, las descripciones son impecables y pecablemente bellas... ¨






A romper y andar


Vamos a romper los huesos
destrozarlos en pocos instantes
vamos a esconder los besos
que solo se dan los amantes

Vamos a caer rotundamente
en la sabana del tiempo perdido
recordemos las historias eternamente
antes de que hayan desaparecido

Enteramente y por instantes
me comería el tiempo a mordidas
de tus labios amplios y maleables
por las tempranas despedidas

Vamos a romper los huesos
que sostenían nuestras vidas
y reconstruiremos de nuevo
estructuras separadas y mejores dichas


Expuesto a la oscuridad del olvido
mi vana esperanza te apuesta
que no me tengas por repuesta
una blanca flor de lirio.

Porque con dolor del Delirio
que me hallase triste y desolada,
por tu ausencia acompañada,
me darías al umbroso exilio.

Si tu corazón de piedad fuera lleno,
abriéndome espacio entre tus huecos,
haría de tus emociones el revuelo, 
haciendo de ti el único amor mío.

Sin embargo, tu sonrisa es la herida
que se me ha clavado entre los ojos,
marcados descaradamente con el abrojo
 de la corta ilusión que tu me hicieras.

Ánima andante a lápiz y a papel
cuyas alas se abrieron a la batalla,
allá en la lejanía donde te hallas
no olvides nunca la avellana y la miel.

Que de ser las sombras abundantes
en desprecios o en atroz felonía,
pagado como se pagan las mentiras,
condenarías de confusión labios errantes.

Lo que conocieras por cercanía,
en la lejanía sería el borrón y la viruta
de lo que por fuerza eliminaría con astucia
la dulce memoria de lo que fuiste en mi vida. 

Hoy mi sombra se deshace como el viento...



¨Quien me quiera más, amará también lo peor de mí con ardor...¨ 

jueves, 8 de diciembre de 2011

Como te miro, te amo...

Sabes que te miro como se mira al cielo, inalcanzable
Sabes que te amo como se ama la mar, pero no se posee..

martes, 6 de diciembre de 2011

Propósitos


Dar paso a la razón sobre las emociones que dominan, dar paso a la evolución sobre los paradigmas que imperan, superar las consciencias eso hará el mejor de mis propósitos (: gracias a los amigos que tengo 

Capítulo 15.- El árbol de la desesperación


Aquella mañana saliendo del hospital nos dirigimos a tomar un desayuno, al contrario de lo que pensaría se mostró entusiasmado por volver a su casa.
-          No entiendo, pensaría que usted se mostraría temeroso de regresar a donde casi le asesinan.
-          Lucille usted no entiende,  suponiendo que ya saben que estoy bien no me atacarían en mi propia casa, sabrían que estaría pendiente de ellos y llevaría seguridad mi hogar, debemos volver por unas cosas, y usted también, no tardarán en buscarla ahora que saben que está conmigo – La perplejidad sobresaltaba la cuenca de mis ojos al pensar que alguien estaría buscándome para asesinarme y no entendía que relación guardábamos él y yo para que alguien quisiera vernos muertos.
-          No entiendo Señor Farfán, ¿por qué lo buscan? ¿yo que tengo que ver?
-          Usted lo sabe señorita, ambos lo sabemos, acerca del General Monk, del Virus que se ha desatado terriblemente – Mi expresión boquiabierta había dejado más en claro que me sorprendía todo cuanto sabía. Farfán era un amigo mío que tenía 36 años, pero siempre se veía más viejo para su edad y el hecho que supiera todo eso sin siquiera haberlo contactado hasta entonces y sin haberle revelado nada me hizo sentir un mareo como de quien ha perdido el control de sí mismo.
Me levanté de ahí sin decir nada, me siguió hasta poder tomar mi mano y llevarme la delantera toda prisa como si supiera a donde me dirigía y me jalara con su paso adelantado a toda velocidad, llegamos a su casa y antes de abrir la puerta, se aclaró la garganta y siguió hablando.
-          Conoció a esa anciana, la que decía ser usted, ¿la conoció? – Sus palabras parecían querer atropellarse una tras otra con el impulso con que las había proferido.
-          Sí, ¿me dirá que está sucediendo?
-          Esa anciana ¿qué le dijo?
-          Que fuera a Edimburgo
-          ¿Por qué no está allá?
-          No le creí, pasaron muchas cosas… pero dígame ¿qué pasa?
-          Usted y yo iremos a Edimburgo, Messager me contó la mayor parte, estuvo siguiéndola sin que usted se diera cuenta y vio y escuchó todo lo que había pasado.
-          No creerá todo eso o sí.
-          El punto no es lo que yo creo, si no hasta que punto usted cree en todo esto.
Giró la llave y la puerta cedió, sin abrir completamente tras el quicio de la puerta, observó y dio algunos pasos firmes, con señas me pidió que subiera y recogiera mis cosas. Al principio de mi llegada no lo había notado pero cerca de la puerta se encontraba una maleta pesada, ¿sería suya?, corrí subiendo las escaleras, pero me detuve en seco al escuchar una ventana cerrarse del golpe. Esta paranoia me consumía por completo, después de tantos años no tenía sentido que me buscaran, ¿cómo sabrían que sobreviví?, no quedaba nada del virus, la cura estaba hecha yo no tenía por qué ser perseguida; como sea me encontraba ahí, corrí a la habitación y me encerré, tomé lo que pude ya que no había desempacado todo fue fácil para mí tomarla y salir enseguida, no me arriesgaría a salir por la puerta sin saber que me esperaba así que salí por la ventana de la habitación que conectaba a una escalera de emergencia, me deslice… afuera llovía y los vapores de las alcantarillas dejaban salir el calor del drenaje, sentía el frío decembrino cubrirme mientras la lluvia y el viento desacomodaban mi cabello, sentía ese aire llegar por mi nuca haciendo que mi cabello se elevará hacía arriba, mientras ese miedo que crecía en la boca del estomago se hacía presente en mi alma agitada, pronto vi al señor Farfán dirigirse hacia mí por el costado de la casa, cuando unos hombres con pasamontaña salieron tras él, inmediatamente ambos estábamos corriendo por el intrincado laberinto de callejones del que no podíamos salir, no sabía si era desesperación o en verdad estábamos perdidos, poco a poco los dejábamos atrás y hubo un momento en que ya no oímos el sonido de sus radios de comunicación. Al final estábamos rodeados de muros, nuestras piernas no podían correr más, poco a poco volvían esos sonidos de transmisión y no sabíamos a dónde dirigirnos. Crecía la sensación horrible de sentirse presa de algo incontenible, algo que determinaría si vivías, esa desesperante sensación de ser una presa a punto de ser cazada, pero entonces vi las escaleras, por el extremo derecho de una pared de ladrillos había unas escaleras metálicas que subían por el techo de un gran condominio de departamentos, subimos juntos y al llegar al techo continuamos por arriba hasta llegar a una vieja cafetería que se encontraba a tres cuadras de la casa de Farfán, siempre estuvo cerrada y hasta entonces permanecía abandonada incluso por el antiguo dueño; decidimos retirar el tragaluz del edificio y entramos por arriba para evitar encontrarnos con otras personas. Recuperamos el aliento y mientras avanzábamos tomados de la mano durante la oscuridad, llegamos a una pequeña oficina, encendió un pequeño foco y revolvió algunos papeles, parecía que ya había estado en este lugar, y de hecho comenzaba a notar el bizarro escenario; todo excepto esta oficina se encontraba quemado, podía distinguir el olor a madera quemada desprendiéndose de las paredes negras y carbonizadas, prontamente distraje mi vista y Farfán sostenía en sus manos dos boletos de avión.



Salimos rumbo al aeropuerto cerca de dos horas después de la persecución, contábamos con despistar a nuestros seguidores antes de abordar pero ya nos esperaban en la entrada del aeropuerto, creíamos que seríamos atrapados de no ser porque una camioneta detrás de nosotros aceleró arrojando por sus puertas dos hombres que dispararon contra ellos. Uno de los hombres de la camioneta se acercó a toda velocidad haciéndonos descender del vehículo, tomando nuestras cosas nos dirigimos hacia adentro haciendo checar los boletos y entrando escaleras arriba hacia la sala donde partiríamos hacia el avión, un día completo había pasado, este infierno irreal parecía dejarme demasiado asombrada y asustada para actuar bajo mi propia cuenta, esperé junto con él a que el avión cargado nos permitiera subir, mientras detrás de los ventanales gigantes de la sala, el sol parecía meterse con singular rapidez. En diciembre los días morían rápidamente, y me fascinaba siempre tanto la puesta del sol como el amanecer, solía correlacionarlo con el infierno y el cielo, como los tonos naranjas y bermellón se recorrían ante una oscuridad imperante que era el anunciador oscuro de la noche pero al amanecer era distinto, porque los tonos violáceos y azules traían esa luz que me hacía siempre pensar en los ángeles que anunciaban la alborada.

Una niña con un gorro de colores se posaba impaciente en la ventana junto a su madre, un cantinero ofrecía pequeñas bebidas a aquellos que esperaban el vuelo, mientras en el restaurante del aeropuerto se escuchaban  chocar los trastes que eran lavados continuamente y las ordenes de los meseros enviando el pedido de los comensales, mientras yo esperaba que llegara Rogelio para abordar, una vez que él por fin había aparecido regresó mi tranquilidad, lo dejé a cargo de las maletas, y me dirigí al baño sopesando todo lo que había sucedido, me sentía desesperada y no pude evitar emitir un llanto silencioso pero pujante que crecía dentro de mí, apenas podía respirar y apenas podía contenerme. No necesito decir que tuve que sostenerme fuertemente de la cerámica de los lavabos esperando tomar fuerzas. Marqué inmediatamente una vez que me calmé, sabía que en este momento era cuando debía contar con una amiga mía que nos recibiría sin pensarlo en Edimburgo y además ella mejor que nadie podía ayudarme a descifrar que era lo que sucedía.
Regresé junto a Rogelio quien estaba listo para marcharse, tomé mis cosas y juntos subimos al avión, casi parecía que podía liberarme de miedos una vez que me senté en el asiento junto a la ventana. Impotente ante lo que sucedía y cansada de todo esto estuve dormida parte del viaje.
Desperté por la incomodidad de los asientos de avión, además que acababa de pasar la azafata con su carro metálico ofreciéndole a los pasajeros algo de beber y algunos cacahuates. Con ello recordaba siempre como cosas tan poco importantes resultan ser de gran ayuda. Sabía que a todos los pasajeros por obligación debían servirles algo de comer ya que con el viaje algunos podían marearse y vomitar, en todo caso si no tenían nada en el estomago podrían sufrir quemaduras por el ácido gástrico así que era mejor proporcionar algo que evitará ese tipo de incidentes.
El señor Farfán parecía reticente a contarme todo cuanto sabía, pero insistía en mirarle inquisitivamente para que me dijera todo;  tan pronto como bajamos, tomamos un carro que nos conduciría hacia Arselia. Ella era una estudiante de periodismo en Edimburgo, ella era una persona que nunca se quedaba tranquila hasta conocer cada detalle de un hecho y por ello la hacía perfecta para hacer la monografía de toda esta historia que me dejaba mareada.  
Antes de llegar a su casa había un lindero que debíamos tomar, era una especie de camino oculto en alguna vieja intersección abandonada de la carretera, seguía sin entender que relación guardaban Farfán y Messager, mientras el conducía el sol se alzaba sobre los pinos grises de la temporada y el acumulo de nubarrones amenazaba con una llovizna implacable encima de nosotros, había algo extraño en el aire, algo extraño en todo lo que respiraba que me hacía sentir nauseas, de repente una serie de imágenes cruzo mi mente no sabría decir si eran puras imaginaciones o recuerdos de un pasado no muy lejano, la mayoría eran visiones pueriles de la infancia pero una de ellas me hizo sentir que estaba abriendo una puerta que había cerrado en mis memorias, seguramente por una razón que en ese momento no entendía, poco a poco parecía quedarme en una especie de esfera temporal en la que yo era parte de una historia lejana; el verano pintaba de oro todo el esplendor de una memoria feliz que pronto se convertía en un paisaje íngrimo y desolado, salvo por una pequeña figura que salía de un establo cercano, yo, o lo que era una versión de 5 años de mí, se encontraba sentada cerca de un alto pozo de piedra y la figura se aproximaba más y más corriendo a velocidad desde el establo, hasta llegar y detenerse de entero frente a mí. Poco a poco reconocía todo, una vieja hacienda que fuera mi hogar, entonces la luz entraba filtrada por el hueco formado entre nubes y en aquel rostro parecía reconocer pero dentro de esta fantasmagoría de recuerdos un portazo se dejaba oír al extremo derecho, era mi padre saliendo furioso gritando contra mi madre. Lo único que no pensaría después era el tremendo engaño que descubriría; su madre una vez le dijo cuando pregunto qué había sucedido con su padre y su hermano y ella masculló que habían muerto hace tiempo, y dada la expresión ella jamás pregunto que como había sucedido pensando que no quería importunarla, pero ahora era diferente. Su hermano y su padre se esfumaban en un camino parecido a este. Entonces comprendió muchas cosas, comprendió que buscaba en Edimburgo aunque al principio pensaba que tenía más que ver con el hombre fallecido quien sabe donde en La Cruz de Soreboca, era más sobre descubrir lo que la vida no le había permitido antes.
Entonces la visión continuaba, allí estaba ella deprimida por la separación, corriendo lejos donde pudiera estar sola y la imagen parecía querer borrarse y desvanecerse pero se aferraba como un espectador de cine a la butaca de su asiento esperando por ver más de sus memorias y fue ahí que lo vio.  Un enorme roble se erigía alto y umbroso lleno de múltiples huecos que habrían hecho algunos mamíferos pequeños. Vio que escribía algo en un papel, tal vez un deseo, tal vez sus preocupaciones y de pronto surgió entre sus labios como si la corteza de su cerebro recordará todo, ¡El árbol de las lamentaciones!, aquel sitio que simbolizaba cuán grande y oscuro todas las penas que había vivido, como un enorme diario dentro de un tronco en el que arrojaba papelitos en los que escribía sus tristezas; imaginaba a ese gran árbol un ser grande y fuerte que soportaría las penas por ella y jamás sería capaz de decirle a nadie nada, era su mejor guarda de todas las cosas con las que nunca se sentía conforme y parecía sentirse bien de escribirlas y liberarse.


Capítulo 14.- El peligro


Al llegar me recibió una amable enfermera de fisionomía algo robusta y de carácter muy simpático, prontamente me había mostrado toda la clínica y el lugar de almacenamiento de fármacos los cuales ya eran muy escasos. Suele pasar que al momento que el doctor anterior se va y viene el siguiente, ya sea él o los enfermeros suelen hurtar algunos medicamentos y es un problema ya que es necesario encargar más y cuando se necesitan suelen no llegar o no estar disponibles; me fui familiarizando con los expedientes de mis pacientes, muchos de ellos seguían sin tener resuelto un diagnóstico y otros tantos presentaban discrepancias entre los signos y síntomas y el diagnóstico. Durante las semanas siguientes me avoqué a prescribir y diagnosticar cuanto pudiese hacer para que el que me llegará a reemplazar encontrará todo en mejor estado de lo que lo yo lo encontré, así mismo conocer a todos mis pacientes, en ocasiones debido a que el doctor debía dormir o en la clínica o un paciente debía darle asilo, iba y visitaba a quienes ya me tenían más confianza, con frecuencia me invitaban a desayunar, comer o cenar, y a veces era para resolver problemas. Como el caso de un niño de 9 años quien fue mordido por un perro, era necesario encontrar al perro para verificar que no tuviera rabia pero cuando localice al dueño este salió con un machete entre las manos impidiéndome ver al perro. No me quedo de otra que administrar el medicamento por aquello que el perro si tuviese rabia. Otras ocasiones había problemas aislados, llegaban a mí personas por herida de arma blanca o heridas por arma de fuego, y variaban en gravedad algunos solo era una leve herida sin daño a órganos y otras me recordaban mucho a la historia de Gabriel García Márquez y su personaje Santiago Nasar al final del relato. Pero lo más interesante habría de pasar unos días después. Una mujer de 60 años llegó a mi clínica, la enfermera me había indicado que era muda y que todo sería por escrito, pero le hice la aseveración de que podría entenderla si ella utilizaba el lenguaje de señas, cuando la anciana pasó el marco de mi consultorio me miro como si se tratará de un fantasma ante sus ojos, no entendía porqué pero sus manos temblaban incontrolablemente mientras el  color de sus mejillas se desvanecía hasta ponerse blanca por completo.
-          ¿Señora se encuentra bien?- me asintió con sutileza mientras no apartaba sus ojos, le pedí que se sentará y se tranquilizo un poco.
Hice la anamnesis para que en el interrogatorio averiguara más sobre ella, la historia clínica y la toma de signos vitales como de costumbre.  Pero cuando iba a sacarle sangre me detuvo y me indicó ¡CON CLARA VOZ! que me detuviera, me sorprendí.
-          Señora Laura, me habían mencionado que usted era muda.
-          Desde que había llegado no volví a abrir mi boca, y no la abriría hasta verla llegar Doctora Coss.
-          ¿Por qué?
-          Lucille, parecerá algo difícil de explicar pero… bueno debería tomar su asiento doctora.
-          ¿Qué sucede?, dígame.
-          Yo soy Lucille Coss.
-          ¿Cómo dijo?
-          Yo soy usted doctora.
-          Está jugando conmigo, se encuentra bi…
-          Sí estoy bien, y no, no tengo problemas mentales ni estoy bromeando y mucho menos le estoy mintiendo. Yo soy usted, me refiero a que somos la misma persona.
-          No entiendo.
-          Descuide, solo quiero darle esta dirección, es en Edimburgo, Escocia; en cuanto pueda acudir hágalo y no toque a la puerta, vaya por el callejón del lado izquierdo, ahí encontrará a alguien que ha estado buscando localizar desde hace tiempo.
-          Señora ¿por qué me dice todo esto?
-          Porque le ayudará mucho a controlar el problema producido por el virus,  y porque quiero que localice algo por mí. Un pequeño guardapelo con la foto de una persona y le pediré lo lleve a La Cruz de Soreboca, efectivamente doctora, donde empezó su viaje.
Quise preguntar más pero antes de poder continuar con toda la conversación escuché como arremetían contra la puerta a patadas, la enfermera y varios de los pacientes que esperaban en la sala corrieron al fondo de la clínica donde me encontraba, la enfermera me había mencionado que uno de mis pacientes había estado teniendo problemas para solventar los gastos de la clínica porque a su trabajo iban unos hombres exigiéndole dinero a manera de cuota para que no lo destruyeran, al parecer venían a buscarlo. Temeroso  se escondía atrás de la enfermera que hacía todo por quitárselo. Finalmente traté de que todos se escondieran y Carlos que era el nombre del paciente escondido tras la enfermera, lo obligué a ocultarse dentro del almacén de fármacos. Los hombres armados tumbaron la puerta y apuntándome con el arma me preguntaron por él. Les dije que lo había hecho salir por la puerta de atrás, dejaron que uno de ellos saliera por ahí, mientras los otros dos seguían en la habitación. Pronto le ordenó a su compañero que buscará en toda la habitación, temía que lo encontrarán e insistía en que se habría ido, hasta que se acercaron al almacén.
-          No puede entrar ahí, hay… hay… hay microorganismos infecciosos, cadáveres y… basura clínica…
-          Entra – Ordenó el hombre.
-          ¡No!
-          Dispárale...
Tenía su arma frente a mí de un segundo a otro sin razonar la orden dada me disparó, y aunque pensé que sería en el costado, el pecho o la frente, solo fue en un pie. Caí presa de un intenso dolor y no pude detenerlo, a balazos retiró la chapa de seguridad y con una patada cedió la puerta, posteriormente oí varías suplicas, llanto y después... El hombre salió  con su arma y posteriormente los tres abandonaron el lugar. Me ocupe de aliviar la tensión de los pacientes mientras la enfermera me ayudaba a hacer curaciones de la herida, en cuanto a Carlos lo retiramos del almacén y llamamos a sus familiares, debido a la situación pedí a una funeraria que me ayudaran a preparar el cuerpo antes de que llegará la familia y lo viera así, tratamos de reparar algunos problemas y pedí a el Hospital que se dispusiera de algún guardia de seguridad, aunque sabía que no sería suficiente posiblemente permitiría que alguno de los pacientes se sintiera seguro de venir, además de un manual de procedimientos para este tipo de situaciones que tanto personal como usuarios pudieran seguir. Posterior a eso, sabía que este tipo de problemas no tendrían una fácil solución, así que trate de dejar eso muy claro entre los habitantes por otro lado pedí un reemplazo a la clínica para acudir a sanaciones de la herida, hasta ese momento lo que me hubiese dicho la anciana era poco importante.



Y sería poco importante hasta que una noche mientras aguardaba sentada en la biblioteca de un viejo amigo cuya historia fue motivo de todas mis extrañas andanzas por la vida y también quien me llevó a ver siempre más allá de lo fácilmente perceptible, me hizo darme cuenta de algo; yo fumaba en su acogedora biblioteca mientras el mes de octubre se manifestaba con un olor en el aire a cadáver de hojarasca, la lluvia aumentaba ese olor opresivo a humedad y las rosas que en primavera pudieron haber lucido el escarlata más vibrante hoy solo eran el recuerdo de la vejez de toda vida, marchitas y negras ansiaban que octubre acabara pronto. El cigarro era lo único que calmaba esa ansiedad desde esa ligera opresión que llegaba al mediastino hasta esa liberación lenta y luego la sensación rasposa en la garganta, nunca le había encontrado sentido pero tampoco me detenía de seguir fumando. Mi amigo Rogelio Farfán era un reconocido filósofo de los tiempos modernos, un hombre solitario cuya imagen te recordaría a alguien que se ausentó hace mucho tiempo, a alguien que parece distante y perturbado de este mundo como muchos genios literarios lo fueron, en ocasiones su carácter sombrío podría definirse al estilo puro de lo grotesco y lo arabesco tal cual Poe pero junto a esas maneras de conducirse y hablar me recordaban al estimable Lord Byron, por eso para mí era todo un caballero. Él se había ofrecido a acogerme en su estancia la noche de la festividad más común en diciembre  y parecía siempre sumergirse más dentro de sus libros que a la charla cordial con las personas, ello me permitió husmear un poco en su extensa biblioteca cuya vasta colección me inspiraba a tomar sus libros y dejarle una nota de ¨ Te los devolveré cuando termine¨, lentamente tomé uno mientras esperaba que regresará y me indicará donde habría de quedarme, yo vestía un jersey negro y una camisa blanca junto a unos jeans negros, mi cabello para entonces se encontraba muy corto pero se veía bien aun cuando no hiciera nada por arreglarlo. Siempre me había encantado esta tradición que Farfán hacía cada diciembre y más aún la gloria de aquellos tapices rojos y ceremoniales que solo en tiempos antiguos se recordarían, adoraba que nos citara a toda la comunidad de escritores y artistas que siempre se congregaba en estas fechas, era sin duda lo único que disfrutaba, además estaríamos listos para el reto; cada año en época decembrina culminábamos en la lectura de varios escritos y cuentos cortos, algunos declamaban, otros ofrecían actuaciones, afortunadamente no faltaban los pintores, era el mejor festival literario y artístico al cual solo algunos éramos invitados, y Rogelio quien sabía de mi ciclópea fascinación por ello después de la medicina siempre se ofrecía a recibirme.  Aquella noche fue éxito como todas las anteriores, un fino banquete con comida nacional, una excelente compañía entre agradables personajes, un ambiente lleno de humor y seriedad en cada tema, algo que solo increíblemente se podía lograr aquí, y la representación de miles de obras solo compartidas en este grupo. 


Aquella noche, después de que la mayoría de los asistentes se había esfumado, Rogelio se encontraba disfrutando de un Shiraz  frente a la ventana, la noche era abrumadoramente oscura, las calles estaban vacías y solo las caras de los demonios se veían en el vapor que salía de las alcantarillas, pero eran otros demonios los que siempre experimentaba el distinguido Rogelio; no queriendo perturbar ninguna de sus elucidaciones me dispuse a retirarme también no sin antes tomar un poco de un suave vino rojo, fue el momento que cruzaba el vestíbulo cuando un sobresalto me hizo soltar la copa que sostenía, el cuerpo de Rogelio yacía en el salón convulsionándose. Corrí inmediatamente, de su boca despedía espuma blanca, sin duda había ingerido pastillas, recuperé una del  frasco junto a su mano, parecían antidepresivos pero hasta ese momento me deje cegar por la idea que él pudiese cometer suicidio; la realidad fue diferente una  vez que despertó, no era desorientación ni pesar como se esperaría de alguien que despierta frustrado de su intento, era miedo, un miedo que solo su mirada podría describir con lagrimas, no hablaba, pero es que el mismo horror le impedía decir algo. Me asusté y me acerqué a él abrazándolo. Se aferraba fuertemente a mí como si por alguna razón alguien pudiese llevárselo de ahí para no volver. Pronto sentí su respiración más tranquilo y su voz aclarándose para articular lo que el necesitara decir.
-           Esta noche querida Lucille han intentado envenenarme – Mi expresión de incertidumbre no se hizo esperar, con la mirada le pedía que se explicara más
-          Lucille a la fiesta asistió un invitado no deseado, alguien entre la concurrencia de esta noche no se había esfumado aún, no pude reconocerlo, apareció como una sombra detrás de la oscuridad del gran librero y se abalanzó sobre mí obligándome a ingerir veneno.
-          Rogelio, junto a usted solo había un frasco de antidepresivos, no veneno.
-          Era veneno mi querida Lucille, y necesito que lo saque ahora de mi organismo.
-          Pediré exámenes de sangre pero podrían tardarse demasiado, ¿no escuchó algo que pudiese decirnos qué clase de veneno era?
-          No lo sé
Inmediatamente hice los exámenes correspondientes un muestra de su sangre y se su boca podría darme una idea si es que aún quedaba rastro del veneno, afortunadamente el haber hecho el lavado de estómago fue accidentalmente una ayuda para evitar el mayor daño posible, una vez que obtuvimos resultados solo era cuestión de mantenerlo lejos del peligro y esperar su recuperación.